viernes, 3 de junio de 2016

De vez en cuando cuando la mirada me pilla más desprevenida se oculta en mi y vive de mi, se alimenta, se cobija y se arropa conmigo y en mi.
En ustedes también habrá vivido. 
Una imagen deformada por cualquier recoveco, no es que el reflejo sea preocupante o repugnante sino que es el reflejo del cerebro lo que a uno le desencaja. 
Fina y aguda voz, palpable aun así, que te dice lo que mira el resto, y te encierra en ti mismo.
Mierda de bicho. 
Y se siente todo más pesado solo por el hecho de que tienes un bicho gordo  y baboso viviendo dentro.
Salir es una locura porque los ojos de las personas son mas inquisidores, los reflejos del resto mas hermosos y esto hace que te conviertas en tortuga, y te engullas en tu casa de caparazón de la que saldrías si no hubiese un espejo esperando atento que le devuelvas la mirada para odiarte.
Todo se vuelve contra ti.
Se ponen de acuerdo todos los factores del mundo para hablarte con esa voz chirriante que te critica a cada gesto, paso o expresión.
Las galletas te preguntar y el chocolate te avisa de que luego te arrepientes.
El ascensor te juzga, la ropa de deporte te odia y las partes de tu cuerpo que no soportas te piden que no las mires.
Esto no es vida. Ni es justo.
Y mientras la mierda de bicho que te ha hecho esto danza y se ríe de lado a lado de tu cerebro para recordarte lo débil que eres. Da vueltas y vueltas y vueltas, hasta que un día porque sí no está.
Lo malo, es que sabes que volverá, posiblemente más fuerte. 

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